‘Pescaíto’, cuna y cementerio de las glorias del fútbol colombiano

Grandes jugadores del fútbol nacional han crecido en esta humilde zona de Santa Marta. A muchos, como el Pibe Valderrama, la vida les ha sonreído y han logrado dejar atrás la pobreza. Pero otros, como los protagonistas de esta historia, no han contado con tanta suerte y viven en sumidos en el olvido y las enfermedades.

Amanecía uno de los primeros días de enero en la bahía más linda de América, Santa Marta, y el apartamento ya olía a café, mientras mi familia dormía.

El cielo tenía un color azul intenso y las olas del mar sacudidas por la fuerte brisa llegaban a la playa de arena blanca, hasta estrellarse con la palmeras y los trupillos, arrodillados ante vientos fríos de más de 50 nudos, según la escala de Beaufort, que azotaban aquella mañana la hermosa costa de la ciudad fundada por el conquistador Rodrigo de Bastidas, el 29 de julio de 1525.

Frente al edificio donde me hospedaba ya rugía el taxi de Janer, un furibundo hincha del equipo Unión Magdalena, quien me esperaba para emprender el recorrido por ‘Pecaito’. No sin antes ir a comer una tostada y deliciosa arepa de huevo, que salta en el aceite desde tempranas horas, en los negocios ubicados frente al Servicio Nacional de Aprendizaje, acompañada de la refrescante Kola Román.

Desde allí salimos rumbo al barrio más tradicional de ‘La Samaria’, el cual es visitado anualmente por miles de turistas y conocido desde principios del siglo XX como ‘Pescaíto’.

Este barrio se comunicaba con el balneario de Taganga, tierra de pescadores, por un camino polvoriento que atravesaba la montaña, que según cuentan los viejos libros de historia, era conocido como “la calle de la perdición”, pues allí estaban anclados famosos burdeles de la época.

Familias muy humildes construyeron sus casas en este territorio empedrado y de clima sofocante, alimentando a sus hijos con pescado frito, arroz de lisa y patacón, y educándolos con el escaso sueldo que se cobra por “bultiar” (cargar en hombros) en el puerto de Santa Marta, situado a pocas cuadras de allí.

Desde este sitio y su cancha sagrada llamada ‘La Castellana’, ‘Pescaíto’ alimentó el estómago de los equipos del fútbol colombiano y especialmente, el del Unión Magdalena, que gracias a estos aportes salió campeón de nuestro país en 1968.

Son recordados Justo y Aurelio Palacios (tíos del ‘Pibe’ Valderrama), Carlos Arango y su sobrino Alfredo Arango Narváez, tal vez el mejor jugador que vi en mi vida y cuyo apodo era ‘El Maestro’; Oswaldo ‘Pescaíto’ Calero, Didí Valderrama, Eduardo Retat y los protagonistas de esta historia, el arquero Maximiliano ‘Chimilongo’ Robles y Óscar Bolaño, el padre de Jorge Bolaños.

‘Chimilingo’

Los jugadores que brotaron de las calles quinta y sexta son innumerables, pero el caso de este par es muy particular y verdaderamente triste.

Maximiliano ‘Chimilongo’ Robles fue el guardameta del onceno ‘bananero’, y estuvo en equipos de Bucaramanga, Tolima, Santa Fe y la selección Colombia hasta su retiro del fútbol rentado.

Trabajó en varias empresas regionales, fue entrenador de arqueros y abrió su propia escuela, pero los cartílagos de sus rodillas se acabaron cuando quedó postrado en una silla de ruedas, viviendo de la caridad, y como me lo manifestó aquella mañana: “Vivo del recuerdo y de mis amigos que como ustedes me visitan y me ayudan, porque ya no puedo valerme por mis medios”.

Y continúa su relato: “El otro día vino por aquí Carlos Vives, a quien ayudaba a entrar al estadio Eduardo Santos cuando era un pela’o. Años después cuando tapaba en el Cúcuta, le salvé la vida en una piscina en la que se estaba ahogando. Es una persona tan agradecida, que nunca me abandonó y siempre está pendiente de mí”.

Sus lágrimas me conmovieron y más aún, el olor a orina que expelía de sus pantalones. Me sacudió el alma a tal punto, que con el dinero que le dimos esa mañana, llamó con un fuerte silbido a un chico que él entrena, para que le comprara unos pañales en la droguería de la esquina.

Nos despedimos en medio de abrazos y lágrimas. Mis temblorosas piernas me llevaron hasta el taxi de Janer. Nuestro siguiente destino era la casa de Óscar Bolaños, otro jugador histórico del Unión Magdalena, la Selección Colombia Sub Campeona de América en 1975 -bajo la dirección de ‘El Caimán’ Sánchez-, del Junior, con el cual fue campeón en los años 77 y 80, y padre de quien fue un destacado futbolista de nuestro medio y del balompié italiano, Jorge Bolaños.

Bolaños

A pocas calles de ‘La Castellana’ nos detuvimos frente a una casa color zanahoria con reformas dignas de un barrio estrato seis: portones grandes color café y un balcón estrecho y largo, en el cual dormían y se mecían por la fuerte brisa, llamada ‘la loca’, las hojas de varias palmeras.

Timbramos y salió una mujer con pañoleta de colores atada a su cabeza. Vestía una túnica Wayúu. Su rostro estaba envuelto en una nube de humo de cigarrillo. Era la esposa de Óscar Bolaños, madre de Jorge.

Al decirle que queríamos hablar con su esposo, de inmediato nos permitió el ingreso a la casa, sin preguntar quiénes éramos.

Nos recibió el aroma de un sudado de pescado, que nos acompañó en el recorrido por el pequeño museo de los recuerdos de Óscar y Jorge, lleno de fotografías, ubicadas junto a las porcelanas que rodeaban un moderno equipo de sonido, en el que se escuchaba una canción vallenata de Peter Manjarrés.

El ambiente también era vestido por un juego de muebles de madera fina y una escalera en forma de caracol que lleva a una segunda planta. Allí, en una fresca y ventilada habitación en la que sus nietos jugaban play station, estaba Óscar, sentado en una silla ortopédica, observando silenciosamente lo que ocurría en el moderno y tecnológico pasatiempo de los pequeños. En sus años mozos este hombre corría por el lateral derecho, metiendo pierna y sellando ataques por su costado, para hacerle daño al equipo rival.

Después del saludo y la explicación de rigor, el aguerrido jugador nos habló con una voz aflautada y difícil de escuchar, ya que su salud se ha deteriorado por culpa de una isquemia cerebral.

Para su fortuna, su hijo Jorge tiene solvencia económica gracias al fútbol y han podido batallar por medio de tutelas contra la falta de atención de las EPS para salvarle la vida, pues muchas veces se lo han entregado a su esposa en la puerta de la clínica, con un tanque de oxígeno, y la lista de medicamentos para que el paralizado lateral derecho partiera rumbo a su casa a recuperarse, porque según la entidad médica, “aquí no podemos hacer más por él”.

El momento emocionante de la visita vino cuando le dije que si podíamos tomarnos una fotografía para alimentar el museo que decora mi casa en Bucaramanga. El maestro Óscar Bolaño se agarró con fuerza de los brazos de su silla y con la ayuda de sus tres nietos caminó hasta el balcón, para abrazarme y permitir que conservara un recuerdo de quien fue ídolo en nuestra adolescencia, dados mis ancestros junioristas.

Lo besé en la frente y se me aguaron los ojos. La despedida estuvo cargada con la pólvora de la melancolía.

Un encuentro más

Al día siguiente me encontré con Eduardo Retat, otro ‘pescaitero’ más, quien como jugador y técnico del Unión Magdalena, Nacional, Cali, Bucaramanga, Millonarios y Cúcuta, entró en cólera al relatarle lo acontecido el día anterior.

‘El Mono’ Retat, quien no ha tenido pelos en la lengua y mete pierna ante una grabadora igual que cuando jugaba, narró miles de anécdotas al ritmo de un té helado. Después de contar historias macondianas del fútbol criollo, me soltó una frase lapidaria: “Dime tú, ¿para qué mierda sirve esa tal asociación de futbolistas colombianos?”

Lo único que hice fue devolverme hasta ‘Pescaíto’ para buscar la tienda Paysandú, la del papá del ‘Pibe’ Valderrama y cuando le conté la historia al viejo ‘Jaricho’, este se levantó de su mecedora y con la mirada dura que tienen los Valderrama, me bombardeó los ojos y explotó como el aceite cuando le cae agua.

“Vea compadre, si mi hijo no hubiera sido quien fue, estaría igual, enterrado aquí. Es que ‘Pescaíto’ es la cuna del fútbol colombiano y también el cementerio”.

Tomé dos sorbos más de mi cerveza bien helada para refrescar mi tristeza y me fui a la playa a jugar con mis hijos, buscando que me pasaba el ‘guayabo’ que sentí, tras esa borrachera de nostalgia vivida aquella mañana, en el barrio más famoso de Santa Marta, ‘Pescaíto’, el cual vio nacer a los mejores jugadores del fútbol colombiano. Sin ninguna duda.

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