La otra cara de Gerardo Bedoya

Cómo es la vida del jugador con el récord de más tarjetas rojas del circuito nacional.

Gerardo Bedoya bordea la cancha con un trote suave. En el campo, titulares y suplentes del Independiente Santa Fe juegan un partido corto de entrenamiento. Esta mañana el volante de marca hace una rutina aparte, porque su aductor derecho le está molestando un poco. Pero, sobre todo, porque está seguro de que no va a jugar los próximos partidos: la sanción de once fechas que la Dimayor le impuso -por darle un codazo a Jhonny Ramírez, de Millonarios, y rematarlo con un puntapié en la frente- lo tiene afuera.

Esta falta, que sucedió en el clásico de septiembre pasado, llevó a Bedoya no solo a estar en el objetivo de la crítica, sino a liderar -con 42 tarjetas rojas- el escalafón de expulsados del fútbol colombiano. Y posiblemente del mundo.

-¡Saque bien! -grita Bedoya y devuelve un balón.

El grito va para el arquero suplente que, en mitad del entrenamiento, pateó desviado y la pelota cayó a los pies del volante. Bedoya sigue su trote sin quitarle la mirada al arquero y revisar el otro saque.

‘El General’. Así lo bautizó la prensa en 1997 -cuando su carrera despegaba- por la coincidencia de apellido con el entonces comandante de las Fuerzas Armadas (el general Harold Bedoya), y por su temperamento en la cancha.

Un tipo recio, frentero, fuerte, peleón, leñero. Estas palabras aparecen cuando definen al Bedoya futbolista. Pero son otras las que emplean sus amigos, sus familiares y sus compañeros cuando se refieren al Bedoya fuera de las canchas.

-Yo soy una persona en el terreno de juego y otra muy distinta afuera -dice él, ya bañado y perfumado, luego del corto entrenamiento.

Bedoya cumple 37 años este mes. Cuando mira hacia atrás, recuerda a un niño pegado a un balón de fútbol. Nació en Ebéjico, municipio antioqueño, hijo y sobrino de fanáticos del fútbol que quisieron llegar a ser profesionales y no pudieron. Su papá, también llamado Gerardo, le daba siempre el mismo regalo en Navidad: uniforme y guayos.

“Como yo no tuve la dicha de ser futbolista, lo induje a él. Y lo eduqué con ese temperamento que muestra en la cancha”, dice su papá. Luego -como si fuera un rosario- enumera la lista de equipos donde su hijo ha jugado: “Gerardo empezó en la Selección de Antioquia, pasó al Deportivo Pereira, después al Cali, al Racing y al Colón, en Argentina, al Puebla de México, al Boca Juniors por unos meses, después Millonarios, Envigado, Chicó, Santa Fe”. Y para.

Cuando niño, en su pueblo, Bedoya tenía que cumplir primero con buenas notas en la escuela. Después sí hacía lo que fuera para que lo dejaran jugar en los partidos de fútbol de los adultos. Su talento, y sobre todo su garra, se empezó a notar. Fue figura en el Pony Fútbol, un campeonato regional con mucha audiencia en Antioquia. Los organizadores de ese torneo planearon un amistoso entre Ebéjico y la Selección Antioquia para ver a Gerardo. Le fue tan bien, que jugó el primer tiempo con el equipo de su pueblo: la segunda parte ya la hizo con la camiseta de la Selección. Lo convocaron y tuvo que irse a vivir a Medellín.

Tenía 13 años y lo menos que quería era alejarse de su mamá, de sus amigos, de la vida libre de su pueblo, para irse solo a una ciudad grande y desconocida. Semana tras semana llamaba a sus papás y lloraba pidiendo que lo dejaran volver. Su mamá se quebraba; su papá le decía que aguantara. Un día de fiesta, cuando terminaba su visita a Ebéjico, Gerardo se alegró al ver que los buses hacia Medellín pasaban llenos.

-Si el último viene sin cupo, me quedo aquí -le propuso al papá.

-Bueno -le dijo.

En efecto, el último bus pasó lleno. Pero lo que Gerardo no sabía era que su papá había gestionado con otros viajeros el alquiler de un carro para mandarlo de vuelta a Medellín.

***

Su primer equipo profesional fue el Deportes Tolima. Llegó con 19 años y un lugar en la cancha: volante de marca. Hasta ese momento (aunque hoy suene raro), su puesto era casi de delantero. Pero tenía un problema: el titular en ese puesto era nada menos que Eduardo Pimentel, un jugador ya curtido a quien Bedoya, por cierto, le quitó hace poco el puesto como el más expulsado en el fútbol colombiano. Bedoya la tenía difícil. Duró seis meses en la banca. Cuando ya empezaba a dudar de que el fútbol fuera lo suyo, el técnico -que era Óscar Quintabani- le preguntó:

-¿Será que usted me puede colaborar como lateral izquierdo?

Por jugar, Bedoya le hubiera dicho que sí hasta de arquero. Pimentel recuerda que desde los primeros partidos Gerardo mostró la pasión que lo ha hecho ganar aplausos y expulsiones. Peleaba a muerte cada balón y también empezaba a recibir las tarjetas rojas.

En un partido amistoso fue expulsado. “Este pelado es como muy loco”, dijeron los directivos del Pereira y pensaron en parar su contrato. Pimentel supo de eso y aprovechó que el equipo le debía una plata para proponerles:

-Páguenme con los derechos de ese muchacho -les dijo, convencido de su talento.

El hecho de que él lo defendiera, abrió los ojos de los directivos y no lo soltaron. De ahí pasó al Deportivo Cali, donde se consolidó y conoció a quien sería uno de los mejores amigos de su vida: el mediocampista Alexánder Viveros. “Gerardo es un tipo noble -lo define su amigo-. Pero si tiene que pelear una pelota, pasa por encima, incluso, de mí”.

Cuando Viveros estaba en Buenos Aires como jugador de Racing, el técnico Reinaldo ‘Mostaza’ Merlo le pidió que le recomendara un colombiano del estilo del brasileño Roberto Carlos para reforzar su equipo. “Le nombré a Gerardo -dice Viveros-. Yo sabía que no era como Roberto Carlos, pero era mi amigo y quería que lo llevaran allá”.

Bedoya llegó a Buenos Aires, a un club que llevaba 35 años sin ser campeón. Estuvo en la banca un tiempo, pero pronto se hizo vital para el equipo. Basta preguntarle a cualquier hincha de Racing por él para que aparezca una sonrisa: Bedoya hizo un gol frente a River Plate que prácticamente los llevó al título.

En ese tiempo, Gerardo todavía tenía el pelo negro y corto. Poco después lo tenía pintado y largo. “Le dio por parecer argentino”, dice Viveros entre risas. En Buenos Aires, junto con quien era su esposa, se pintó el pelo por primera vez y le gustó tanto el resultado que lo siguió haciendo. Durante muchos años, en Bogotá, iba a Norberto Peluquería. Ahora un estilista que trabajaba allá va a su casa.

Bedoya, de 1,75 metros de estatura, se acostumbró a la ropa de marca, las lociones costosas, los restaurantes finos (es cliente frecuente de La Mar, Mediterránea y Magnolia) y a un buen carro.
Reconoce que ha hecho plata en el fútbol, pero ahorra porque sabe que a cualquier hora la vida deportiva puede acabar.

***

Vive en el norte de Bogotá, en un apartamento en arriendo. Al abrir la puerta lo primero que muestra es una carpa rosada llena de juguetes. Tiene un nombre: Avril, su hija de 7 años. “El único amor más grande que el fútbol”, dice. Sin contar las cosas de la niña, es un apartamento de soltero. En su nevera hay pegados decenas de teléfonos de domicilios. En su mesa, libros de superación, su lectura preferida: Osho, Paulo Coelho y uno que relee cada tanto:
Los cuatro acuerdos, de Miguel Ruiz.

-Aprendí que no hay que tomarse nada personal -dice.

Y lo repite cuando le preguntamos por la imitación que hacen de él en La Luciérnaga, con la frase “Eso es lo bonito del fútbol”. Bedoya dice que no le molesta, pero no puede ocultar su cara: en ella deja ver que preferiría no ser objeto de esas burlas.

Los dos momentos más duros de su vida los ha vivido de puertas para adentro, sin que se noten en la cancha. Uno, la muerte de su mamá, María Rosalba, en 1997, mientras estaba en el Cali. “Él se comió ese dolor solo”, cuenta Viveros. El divorcio, hace cuatro años. “Cuando entraba a jugar, se me olvidaba todo. Pero al salir, volvía la pensadera”, dice. Desde entonces no ha tenido una relación formal.

En su carrera ha vestido muchos colores que, a primera vista, parecen no conjugar: el verde del Nacional, el azul del Millonarios, el rojo del Santa Fe. Pero a él le cuesta poco ganarse la hinchada.
Cuando entra a una cancha, las pulsaciones se le aceleran, quiere ganar cada balón como sea y ahí es donde puede aparecer la tarjeta roja.

“Tiene mucho corazón para el fútbol. Todos los técnicos quisiéramos un jugador así en el equipo -dice Luis Alberto ‘Chiqui’ García-. Su desequilibrio con la disciplina es cosa de su temperamento y me parece que eso ya no lo va a corregir”.

Bedoya sabe de la estadística que lo pone como el mayor expulsado y no siente orgullo por eso. Sí lo siente por la garra que pone en cada partido. Ahora, que está casi de salida, estudia para ser técnico. No quiere dejar de estar en contacto con lo que significa su aliento: el campo de juego.

This article has 2 Comments

  1. La verdad es muy gratificante ver que un jugador como Gerardo fuera y dentro de la cancha, es una persona llena de sentimientos y se apasiona por todo lo que hace. La verdad siempre he pensado lo que este Artículo me ha confirmado en este momento, sus tarjetas amarillas y expulsiones no han sido por ser una mala persona, simplemente es porque es un apasionado por su labor y le hierbe la sangre cuando esta en la cancha de juego. Es criticado por unos, pero a la vez amado y respetado por muchos otros.
    Felicitaciones Gerardo, por tu buen desesmpeño en lo que haces.

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