Gerardo Bedoya ” El General ” En Su Laberinto.

Gerardo Bedoya tiene un asesor de imagen que le dice cuándo debe retocarse los “rayitos” que se pinta en el pelo.  -El hombre me avisa y viene aquí a la casa a hacérmelos -confiesa mostrando una sonrisa de dientes blancos, blanquísimos, producto de un tratamiento odontológico-, pero a mí me da pereza porque eso se demora mucho.

“El General” nos recibe en su apartamento tipo loft, en el norte de Bogotá. La sala, amplia, tiene un enorme ventanal que da contra la calle, sofás negros de cuero y unos cuadros coloridos de Nueva York, con el puente de Brooklyn y la estatua de la Libertad. Encima de una mesa tiene una foto con su hija Avril, que vive en Medellín al lado de su exesposa Catalina Yepes (con quien duró ocho años casado).

En ella aparece Gerardo con la camiseta de Santa Fe, descalzo, abrazándola arrodillado; Avril tiene un balón en las manos y sonríe con esa risa sin dientes que tienen los niños de siete años. Un poco más allá una escalera de madera lleva a la habitación principal y, debajo de ella, hay pruebas del paso de su hija por la capital: una carpa de muñecas rosada llena de juguetes en su interior y un juego de Bob Esponja.

-¿Qué hombre no es vanidoso? -dice luego para justificarse.

Gerardo lo es. Y mucho. “Él sabe que les agrada a las mujeres”, me dijo Jhonny Ramírez, el volante de Millonarios, que a pesar de quedar con los taches de “el General” grabados en la frente, en la falta más salvaje del año, no guarda ningún rencor. “Lo que pasó es un problema de fútbol que se queda en la cancha”, me aclaró. Y así es. De hecho, Jhonny y él son grandes amigos: se conocieron cuando jugaron juntos en el Boyacá Chicó y ambos han ido varias veces a la casa de recreo que Gerardo tiene en Llanogrande, Antioquia.

Del tema de la patada no ha parado de hablarse: las imágenes se han visto una y otra vez en los noticieros, y la prensa no ha dejado de recordar que gracias a esa, su expulsión número 41 (31 en el fútbol nacional y 10 en su paso por varios equipos del extranjero), Bedoya se ha convertido en el jugador de fútbol que más tarjetas rojas acumula en su carrera deportiva.

No es un récord para ufanarse, desde luego, y menos por lo que representa: hoy la gente recuerda más a Gerardo por su juego duro dentro de la cancha que por los logros de su larga carrera en el fútbol. “Bedoya es un matón”, me dijo, sin pelos en la lengua, el comentarista deportivo Iván Mejía. “Desde hace cuatro meses no juega a nada, pega demasiado. Creo que está prolongando inútilmente su carrera”, remató.

A simple vista se ve que el tema le ha dado duro, pero hoy Bedoya prefiere no hablar de eso: parece que está cansado de repetir lo mismo una y otra vez. Ahora mismo posa tranquilo para las fotos y aprovecha cualquier momento para sumergirse en su Blackberry.

Le pregunto si chatea mucho y entonces, como si acabara de descubrirlo cometiendo una falta, confiesa la verdad: “no chateo, estaba aprovechando para jugar al póquer”. Luego dice que a veces se reúne a jugar con amigos y que hace algunos años, cuando se separó y llegó a la capital a jugar en Millonarios, iba al casino a apostar en blackjack. Eso sí: trata de no hacerlo mucho porque a veces es muy impulsivo. Como en la cancha. “Ahora está aprendiendo póquer por Internet -bromea su amigo y excompañero ÁlexViveros-. A él le encanta todo lo que sea competencia”.

Al final Gerardo se acomoda el saco morado de cuello amplio y muestra otra vez la sonrisa de dientes blancos para la foto. El origen de su vanidad hay que buscarlo en Argentina. En 2001, cuando se fue a Racing de Avellaneda luego de cinco años en el Deportivo Cali, empezó a darse cuenta de que los jugadores se cuidaban, se preocupaban por su físico y no eran indiferentes a la moda.

Entonces decidió hacerse los “rayitos” y vestirse bien. Un nuevo estilo de vida que incluía también comidas en buenos restaurantes: lugares como el Jump Back, un sitio de comida típica argentina en Puerto Madero, se convirtieron en sus favoritos. -Allá salíamos mucho a comer con mi exesposa y Álex Viveros. A mí me gusta toda clase de comida, pero ahora que se ha impuesto la peruana frecuento mucho un restaurante en Bogotá que se llama La mar.

Viveros lo conoció en el Deportivo Cali y luego volvieron a encontrarse en Argentina, cuando jugaron en Racing. “Estábamos todo el día juntos -dice Álex, quien siempre que viaja a Bogotá se queda en la casa de Gerardo-. Él vivía en las afueras de Buenos Aires y yo en Puerto Madero, entonces nos la pasábamos en mi casa. Fue allá donde empezó a dejarse crecer el pelo, a pintárselo y a estar a la moda. Yo también: siempre íbamos bien vestidos a los entrenamientos”.

***

Gerardo Bedoya se para frente al balón. Es 16 de junio de 1999 y el estadio Parque Antártica de São Paulo se va a reventar. La final de la Copa Libertadores está cada vez más cerca del Deportivo Cali: luego de empatar a dos goles con el Palmeiras en los juegos de ida y vuelta, el torneo más importante de América se define por penales. Zinho, volante que jugó en la selección brasileña, tiró el primer cobro contra el travesaño y la bola, rebelde, se fue hacia arriba con furia.

Luego cobró el arquero Dudamel y el balón entró por la izquierda. Siguieron Júnior Baiano y Roque Júnior, que anotaron para Palmeiras, y “Carepa” Gaviria y Mario Yepes, que hicieron lo propio para el Cali. La cuenta, cuando Bedoya acomoda la bola en el punto blanco, está 3-2 a favor del equipo colombiano.

“El General”, con el número 20 a su espalda y el pelo cortado a ras, toma impulso decidido y cobra hacia el costado izquierdo. El arquero adivina el lado, pero no hace falta que la toque: el balón va derecho a estrellarse contra el palo y el estadio estalla en júbilo. Fue el comienzo del fin: luego Euller puso en ventaja a Palmeiras y Martín Zapata, que nunca erraba un penal y había marcado uno esa misma noche con falta que le hicieron al propio Bedoya, mandó su cobro lejos, por el palo de la mano derecha del arquero. La segunda Libertadores para Colombia se había esfumado así, de repente.

“Creo que ese Cali es el mejor equipo en que he jugado”, dice hoy, 13 años más tarde, sentado al borde de una cancha en el club privado La Fortaleza, al noroccidente de Bogotá, donde Santa Fe suele realizar

… sus entrenamientos. Mientras habla se van acercando -primero con cautela y luego sin pudor- un montón de niños con uniforme que quieren verlo, tocarlo, conocerlo. Escuchan sus palabras con una atención casi sagrada y uno de ellos interrumpe la charla para pedirle una foto.

Gerardo estira la mano con la palma extendida, y con tono cordial le dice que apenas termine lo hará con gusto. “Éramos un combo impresionante, una familia que Cheché Hernández supo guiar muy bien. Ese partido lo teníamos en la mano, fuimos superiores a Palmeiras. No podía creer cuando perdimos: sentí mucha frustración, mucha tristeza. Sabíamos que habíamos cumplido, que la gente nos reconocía, pero el objetivo era quedar campeones”.

“Lloró mucho ese día -dice Viveros-. Estaba muy triste”. Pero el fútbol, se sabe, da revanchas. Y ese era apenas el comienzo.

***

La Fortaleza está compuesto por un par de edificaciones grandes, de largos pasillos y columnas color crema, y dos canchas de fútbol con césped recién cortado. En una de ellas Santa Fe juega un partido de entrenamiento mientras el técnico da órdenes a grandes voces; a un lado, en un banco de madera, está Gerardo. Lleva puesta una sudadera gris y unos tenis blancos.

“El General” sigue de cerca lo que sucede y a cada tanto se para a hablar con sus compañeros; es como si, incluso en esos momentos, quisiera estar adentro del terreno. Cuando la práctica termina los jugadores se dirigen a las duchas y de inmediato varios hinchas aprovechan para sacarse una foto y conseguir el autógrafo de sus ídolos. Trato de abordar a Bedoya pero se me adelantan unos jóvenes con la camiseta del equipo y una cámara en la mano. Gerardo, gentil, accede a tomarse fotos con todos y les pasa su brazo por la espalda.

Un minuto después me estrecha la mano, saluda con una sonrisa y dice que va a cambiarse para que conversemos. Lo veo buscar con los ojos a una pequeña de blusa blanca que lleva horas revoloteando por ahí y se le ilumina el rostro apenas ella sale corriendo a abrazarlo. Es Avril. Lleva una semana acompañándolo, pero al día siguiente tendrá que volver a Medellín y Bedoya, el duro volante de marca que juega recio, el hombre que le clavó los taches en la cara a Ramírez, el dueño de las tarjetas rojas, se quebrará como un niño por culpa del dolor.

-Lo que más disfruto en la vida es poder estar con ella -dirá luego-. No veo el momento de quedar libre para traerla o ir a visitarla.

Gerardo es un hombre de familia. Tiene un hermano menor, Juan Camilo, y una hermanita media, Marianella, que tiene la misma edad de su hija. “Llevan una bonita relación, pero Avril es más relajada. Ella es una loca, no le importa nada”, dice. La niña es fruto del segundo matrimonio de su padre, que también se llama Gerardo; su madre, Rosalba Múnera, falleció hace unos años. Todos viven en Medellín, y por eso Bedoya aprovecha cualquier rato libre para volarse a visitarlos.

Los lazos que lo unen a su tierra son fuertes. “El General” -un apodo que le pusieron en el 98 porque entonces otro Bedoya, el militar Hárold, aspiraba a la presidencia-, nació en un pueblito del occidente antioqueño llamado Ebéjico, del que se fue siendo un niño para convertirse en futbolista.  “Tenía 13 años cuando salí para Medellín a integrar la selección Antioquia -dice-. Fue muy duro dejar a mis padres. Al principio no quería ir pero mi papá me dijo: “Mijo: uno solamente tiene una oportunidad en la vida”.

Y aunque ellos lloraban más que yo, no me dejaban devolver. Cuando terminó el colegio quiso estudiar administración, y para que el horario le dejara tiempo de jugar comenzó mercadotecnia en la Escolme, en Medellín. Duró tres semestres pero el fútbol terminó reclamándolo: a los 19 años hizo su debut profesional con el Pereira y el resto es historia.

Cali, Racing de Avellaneda, Colón de Santa Fe, Puebla, Boca Juniors, Nacional, Millonarios, Envigado, Boyacá Chicó y Santa Fe hacen parte de la larga lista de equipos por los que ha pasado. Pero cuando está fuera de la cancha, como ahora, Gerardo es un tipo como cualquier otro: dócil, amigo de sus amigos, alegre. “Un señor”, como me dijo el exportero Agustín Julio, que jugó con él en Santa Fe y la Selección Colombia. Un hombre sencillo al que le gusta escuchar y bailar una salsita suave con buena letra, como él dice, o un vallenato de los viejos. Para decirlo de otro modo: un tipo diferente al aguerrido y duro volante que ya se acostumbró a ver la tarjeta roja en la cancha.

***

Minuto 41 del segundo tiempo. River plate le gana 1-0 a racing en Avellaneda y el campeonato se le escapa al equipo de Reinaldo “el Mostaza” Merlo, que lleva 35 años sin conocer la victoria. Es 11 de marzo de 2001. El lateral Martín Vitali desborda por la derecha, tira un centro que el arquero de River, Ángel Comizzo, despeja con los puños, y la pelota queda vagando en el área, sin dueño, sola.

De repente llega Bedoya desde atrás y le pega un zurdazo fulminante, imparable, que entra por el ángulo izquierdo de la portería. El estadio se va a caer. Bedoya grita el tanto con el alma; “el Mostaza” va de un lado para otro, salta, pide que se acabe el tiempo. Un gol agónico que, como escribió Horacio Pagani en la crónica que hizo para El Clarín un día después, “tiene casi el valor de un título“. Un gol que al final representó el campeonato y que ningún fanático de “La Academia” podrá olvidar jamás.

“Si le preguntás a cualquier hincha de Racing, ese es el gol más importante y el que más han cantado. Se ha convertido en una insignia -dice Gerardo sentado al borde de la cancha, en el club La Fortaleza-. Pero para mí uno de los mejores goles se lo hice a San Lorenzo, en Avellaneda, cuando ganamos 4-1 y nos encaminamos a lo que era el título. Al siguiente partido hago otro gol en Santa Fe, a Unión, y desde ahí no me sentaron más”.

Gerardo está acostumbrado a celebrar. Además del último título con Santa Fe, en el primer semestre de este año, y de ese campeonato de Racing en 2001, “el General” salió campeón con el Deportivo Cali de 1998 (un equipo lleno de figuras como Rafael Dudamel, Víctor Bonilla, Mayer Candelo y Mario Yepes), y con la Selección Colombia en la Copa América del 2001. En ese torneo un gol suyo, en la semifinal contra Honduras en Manizales, llevó al equipo a jugar el último partido con México.

“Éramos otra familia. En ese tiempo el país estaba viviendo la mayor época de violencia y Argentina decidió no venir al torneo. Nosotros nos concentramos en Barranquilla y trabajamos un mes; cuando deciden hacer la Copa ya estábamos tan mentalizados en que íbamos a ser campeones que nunca pensamos en nada más. No nos hicieron ni un gol en ese torneo. Es de las cosas más lindas que he vivido en mi carrera deportiva”. Es que el fútbol, se sabe, da revanchas.

***

Encima de la mesa ubicada en el centro de la sala hay unas tarjetas con dibujos y frases de superación que Gerardo lee de vez en cuando y le ayudan a pasar los ratos amargos. Agarro una al azar y leo: “No te tomes nada personalmente. La verdad es personal tuya”.

-También me estoy leyendo ese libro -dice cuando le pregunto por La cabaña, de un tal Paul Young-. Es sobre Dios. 

Al lado hay otro, Volveremos, volveremos, la crónica que Daniel Samper Ospina escribió sobre el campeonato del equipo cardenal en el primer semestre del año, luego de 37 años sin ganar nada, y que él mismo le hizo llegar con una nota. Lo abro en cualquier parte, pasando las páginas, hasta que encuentro un párrafo en el que cuenta la tristeza de Gerardo cuando Avril tuvo que regresar a Medellín y no pudo acompañarlo en la final.

Aprovecho para preguntarle si es muy creyente y responde que sí, que claro, pero que no practica tanto. Y ahí mismo me cuenta la historia de una mujer que llevaron a la concentración de Santa Fe el semestre pasado y que se encargó de alinearlos con Dios, de convencerlos, de darles fuerza espiritual para conseguir la séptima estrella, esquiva desde 1975, año en que Gerardo nació.

-Yo creo que ese campeonato sí tuvo que ver con Dios -dice, y mira al cielo. Luego llegamos al tema inevitable. “El General” baja la mirada cuando le pregunto por la patada a Jhonny Ramírez.

-Me han atacado, pero mucha gente también me ha brindado su respaldo, sobre todo la que juega y sabe de fútbol. Fui muy criticado por personas que ni deberían hacerlo, pero bueno, eso te toca aguantarlo a vos para mejorar. Y seguir. Yo me considero una persona de bien que le ha dado cosas positivas al fútbol y a la vida. Claro: no te voy a negar que tanta tarjeta roja me ha perjudicado en la vida, pero en ningún momento me siento decepcionado de mi carrera. Por el contrario: estoy orgulloso y ojalá volviera a nacer para hacer otra vez lo mismo.

Hoy, a sus 36 años -y luego de 17 en el profesionalismo-, Bedoya aún no piensa en el retiro. Quiere seguir jugando hasta que pueda, hasta que el cuerpo le dé, y luego continuar vinculado al fútbol. Para eso, dice, ha comenzado un curso virtual de técnico con la Asociación de Técnicos del Fútbol Argentino (Atfa). 

-Yo he demostrado que a cualquier edad, si hay voluntad, sacrificio y trabajo, uno puede correr -concluye-. Es más: ojalá pudiera jugar hasta los 70 años. Esa es mi máxima alegría después de mi hija.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *